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[65º Festival de San Sebastián]: Octava jornada

 

 

Por Jorge Aceña Rincón  SAN SEBASTIÁN | 03/10/2017

Llegamos a la última jornada del festival con un balance negativo, en relación a la suma de películas de todas las secciones y al desequilibrio respecto al nivel entre ellas. En esta última jornada, sin embargo, hemos podido la mejor película del festival, de largo, perteneciente a la Sección Oficial. Es Le lion est mort ce soir, de Nobuhiro Suwa, una perfecta confluencia visual entre la vida y la muerte, la infancia y la vejez, la inocencia y la madurez. Finalmente, nos despedimos de la 65 edición con tres películas de la Sección Perlas: La gran enfermedad del amor, que cuenta con la dificultad de transitar por las emociones del espectador en primerísima línea, aunque refleja una cara amable que puede, y seguramente haga, el visionado más ameno; The Leisure Seeker, apuesta simpática en base al hilo temático sobre la enfermedad, pero con una abusiva reiteración de ideas; Loving Pablo, desastrosa comedia involuntaria sobre Pablo Escobar y su romance con una periodista.

Le lion est mort ce soir, de Nobuhiro Suwa (Sección Oficial)

Nadie puede hacer una actuación de su propia muerte, se lanza de manera inductiva en la apertura secuencial de Le lion est mort ce soir. El sentido de la espera se prioriza con la iniciación del encuentro final, una vez que el protagonista de la película de Nobuhiro Suwa se funde – mediante una expresión tan vivaz como melancólica –  con el propio actor Jean-Pierre Léaud. La película de Suwa se erige como una perfecta confluencia visual entre la vida y la muerte, la infancia y la vejez, la inocencia y la madurez.

No conviene restringir la narrativa de Le lion est mort ce soir a una única visión – acerca del tratamiento temático que se plantea –, puesto que la irrenunciable trascendencia se ve copada por un tríptico esencial que entronca con la pronunciación de un sentido poético, único, en la que un actor que interpreta una secuencia sobre su inevitable muerte, va a parar simbólicamente al lugar donde vivió con su amor del pasado. La casa, deshabitada y lúgubre, ahora se encuentra ocupada por unos niños que planean rodar una película de terror.  Los espejos vienen a definirse como elementos traicioneros, capaces de alterar el orden y la realidad. Nobuhiro Suwa juega intermitentemente con el desconcierto imperante que se esconde tras la profundidad apreciable en un cristal. Le lion est mort ce soir es una triste y poética obra maestra, con una amplitud perceptiva que transita por los recuerdos, los instantes presentes y la inevitable asimilación del encuentro con el más allá. No es una película esencialmente metafísica, pues lo que hace Nobihuro Suwa es plasmar con suma sencillez y naturalidad las contingencias entre ambos mundos, esbozadas a través de la relación humana entre un anciano y un grupo de niños. Imprescindible. 

Loving Pablo, de Fernando León de Aranoa (Perlas)

Tras Un día perfecto, un drama con tintes cómicos ambientada en la Guerra de los Balcanes, Fernando León de Aranoa vuelve al cine con otra comedia, esta vez involuntaria, sobre el actualmente trilladísimo personaje de Pablo Escobar, pero con intenciones de desviar la mirada y presentar una historia de amor entre éste y una periodista, Virginia Vallejo, con la que tuvo un romance en pleno apogeo de su figura.

Loving Pablo, más allá de no proporcionar una nueva visión acerca de la vida del narcotraficante, es fría como un témpano, repleta de escenas de fatal ejecución, ridículas y sin sentido, en las que Javier Bardem y Penélope Cruz, lejos de brillar, ofrecen las dos peores interpretaciones de toda su carrera. Fernando León de Aranoa estira una trama donde es precisamente la parte intimista la que menos funciona, incluso las secuencias de mayor tensión resultan también flojísimas, ya que no hay nada que no sepamos. Todo está realizado de la peor manera en esta insufrible y desastrosa película. 

The Leisure Seeker, de Paolo Virzi (Perlas)

La película de Paolo Virzi gesticula desde su comienzo una simpática apuesta y representación del último viaje, literal y metafórico, en base al hilo temático sobre la enfermedad. Liberándose de esas concurrencias basadas en las diferentes modalidades que definen las formas de realización en países concretos, Virzi narra The Leisure Seeker bajo un estilo más americanizado, no en el sentido peyorativo del término, pero con una abusiva reiteración de ideas.

La película narra la historia de unas vacaciones por carretera a bordo de una caravana, La Leisure Seeker, conducida por una pareja de ancianos. Siendo una trama malograda por la tipicidad del asunto y su intachable cliché, la película podría disfrutarse, sin pedir nada a cambio, pero Paolo Virzi se estanca en repetir machacadamente las mismas situaciones. No obstante, The Leisure Seeker cuenta con dos prodigiosas interpretaciones, tanto de Donald Sutherland como de Helen Mirren. Ambos poseen el don de levantar cada secuencia, haciendo olvidar todo lo demás. Pero finalmente, cuando acaba y uno recuerda la película, los fallos permanecen presentes.

La gran enfermedad del amor, de Michael Showalter (Perlas)

La seguridad de Michael Showalter en la variación de un relato dramático, pero a la vez constreñido sobre las ligaduras de una comedia de especial finura, se extrapola al reiterado cruce entre ambos estados, dando una película basada en la diversidad, la tragedia de la enfermedad y la comedia como punto de fuga.

La gran enfermedad del amor sigue le relación de un cómico aficionado y una mujer de la que se prenda al instante, aunque uno de sus “fuertes” – más bien características de especial prioridad– argumentales es la función de incurrir en conceptualizaciones culturales, el choque entre pensamientos opuestos, ideario oculto tras el intento de equilibrar dicho dramatismo con pinceladas cómicas. Las pretensiones de Showalter, en base a un desarrollo de fuerza emocional, pero a la vez con el encanto que aparentemente destila la particularidad de la relación, no funcionan como esperaba, pues la vía dramática resulta demasiado arquetípica y la comedia – de apariencia inteligente y lúcida – altamente inexpresiva. La gran enfermedad del amor cuenta con la dificultad de transitar por las emociones del espectador en primerísima línea, aunque refleja una cara amable que puede, y seguramente haga, el visionado más ameno

 

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