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[65º Festival de San Sebastián]: Sexta jornada

 

 

Por Esencia Cine | SAN SEBASTIÁN | 28/09/2017  

La sexta jornada del Zinemaldia podría reducirse a la más floja en cuanto a contenido a visionar, y también la peor respecto al nivel presentado. Las expectativas eran quizá demasiado altas, pero las dos películas Perlas de ayer resultaron ser un completo desastre. Eso sí, con Wonderstruck, Todd Haynes nos devuelve hasta nuestra más intima curiosidad. La jornada se cerró con la proyección especial de La llamada, el musical adaptado a la pantalla por Javier Calvo y Javier Ambrossi. Y además, en Zabaltegi, se presentó un documental que dará mucho que hablar: Muchos hijos, un mono y un castillo.  

Wonderstruck, de Todd Haynes (Perlas) - Antonio Cabello 

Wonderstruck es un regalo inequívocamente dirigido a cada uno de sus espectadores, una sinfonía para los sentidos que nos retrotrae hacia nuestra más íntima curiosidad, hacia nuestras infinitas ganas por descubrir, por descubrirse, por descubrirnos. Llámenlo ciencia, música, antropología, cine, arqueología, literatura o, sencillamente, pregúntense a ustedes mismos, a ese niño que sueña despierto, a ese adolescente que quiere ser diferente, a ese adulto que trata de encontrar cierta inocencia perdida o a ese anciano que cruza los 80 años con aún más ganas de todos los que vendrán por delante. Quizá en su último trabajo haya variado su tono y adoptado los moldes de la fábula infantil, pero esta búsqueda casi pulsional permanece latente a lo largo de toda su filmografía con obras como Carol (2015), Safe (1995) o Mildred Pierce (2011); en definitiva, se trata de una carrera cinematográfica fundamentada en cómo nos construimos, donde el cineasta se construye junto a sus personajes.

En Wonderstruck, Todd Haynes se reúne con sus habituales Carter Burwell y Edward Lachman para narrarnos el viaje iniciático de Rose y Ben, dos niños pertenecientes a épocas distintas, pero que comparten la ausencia de un progenitor en su infancia y el deseo de que sus vidas sean diferentes. Será en sus limpias y cristalinas miradas donde Todd Haynes reflejará primorosamente la ciudad de Nueva York de los años 20 (Rose) y de finales de los 70 (Ben), merced de un soberbio trabajo formal y narrativo que hunde sus raíces según el director en obras como Y el mundo marcha (King Vidor, 1928) y The French Connection (William Friedkin, 1971). En su segundo tramo, más atado a su resolución y a las emociones de sus personajes, Wonderstruck pierde el ritmo engrasado de sus primeros compases para hacer desembocar su gigantesca aventura en las lágrimas de su espectador. Definitivamente, solo queda agradecer tan universal e íntimo regalo.    

Happy End, de Michael Haneke (Perlas) - Jorge Aceña

No era de esperar que tras la proeza de realizar dos obras maestras de forma consecutiva, el cineasta de autor contemporáneo por excelencia haya podido continuar con semejante despropósito. Happy End es una insufrible categorización de los elementos intrínsecos que rodean la figura de Michael Haneke, siendo de lejos su peor película, quizá la más accesible, pero lejos de provocar aquella fascinación por la visceralidad de sus historias.

El tratamiento conceptual, partiendo de una base en la que la disección de una familia burguesa es la principal y casi única fuente de desarrollo narrativo, es básico y plano es su máxima expresión, sin la soltura ni el atrevimiento -aquí acongojado- en explayar una serie de elementos con la majestuosa capacidad de remover al espectador, de molestar con la sordidez implícita en su obra, tan natural como común. Una vez desprovista de la sordidez y de la mirada turbadora, Happy End hace acopio de una equívoca incursión de elementos tecnológicos, pero son tan prescindibles como su fijación por trasladar los nociones aprendidas a una realidad coetánea. Un fallido experimento. 

Mother!, de Darren Aronofsky (Perlas) - Jorge Aceña

Decía Darren Aronofsky, tras el pase oficial de Madre! en el Festival de Venecia, que a los críticos no les había gustado la película por haberse proyectado en una hora temprana, a las 08:00 concretamente. Añadía también que tampoco había gustado pese a la falta de entendimiento por parte de los espectadores. Con dos frases, este supuesto creador de las nuevas formas y artes narrativas, saca a relucir su condición ególatra, pretenciosa y profunamente intransigente. En Madre! no influye la hora del visionado, ni la complejidad narrativa -precisamente porque no tiene nada que contar-, directamente es una sonada e infame disfunción de normas autoimpuestas. Un insulto. Un circo lamentable.

La nimiedad disfrazada de un falsaria contingencia con el simbolismo y la profundidad alegórica del espacio y los personajes, se da en una película sin pies ni cabeza, infumable y de mal gusto, en la que Aronofsky ha querido confrontar reminiscencias subrayadas de otras películas y corrientes cinematográficas para desbordar un sentido sorpresivo, elevando la idea primaria de la imagen que entronque correspondientemente con la vía argumental. Madre! es completamente absurda y sacada de contexto. 

Muchos hijos, un mono y un castillo, de Gustavo Salmerón (Zabaltegi) - Antonio Cabello  

España, como contradicción, siempre en grises. En efecto, España, ese país que nunca echó las famosas siete llaves al sepulcro del Cid, que aún hoy seguiría doliéndole a Miguel de Unamuno y que corre por las venas de nuestra matriarca definitiva, de Julita. Muchos hijos, un mono y un castillo es un huracán montado a partir de las grabaciones domésticas que Gustavo Salmerón ha ido realizando a su familia durante los últimos 15 años, en especial a una carismática y desbordante madre que afirma ante la cámara de su hijo: “esto no es lo que la gente quiere ver en una película, yo sé lo que le gusta a la gente y no es esto”. Evidentemente, se equivoca.  

Entre la realidad y la ficción, esta improbable figura quijotesca, casi de cuento patrio, nos adentra en la familia Salmerón a través de sus deseos cumplidos (Muchos hijos, un mono y un castillo) y de todos los objetos que guarda celosamente allá donde va, incluyendo unas vértebras -perdidas entre montañas de cajas- que pertenecen a la abuela de Julita y que el director quiere enterrar de una vez por todas.  

Entre la retahíla de ocurrencias y de circunstancias que atraviesa la familia Salmerón liderada por una festiva Julia, también hay breves apuntes que nos dejan mirar más allá, ya sea sobre el franquismo, la transición, la existencia misma de Dios, la llegada de la muerte o el terremoto de la crisis. Eso sí, con sus altibajos en el ritmo, el documental de Gustavo Salmerón y sus ramificaciones corren el riesgo de ser fagocitadas por su absoluta dependencia hacia la figura de la madre, quien dota a la película de su personalidad: vivaz, efímera, histriónica e hiperbólica. Si sobrevive a ello, se debe reconocer que, con Muchos hijos, un mono y un castillo, nos encontramos ante una revelación tremenda, un documental único para entendernos, para releernos a través del más sano de los ejercicios: reír.   

La llamada, de Javier Calvo y Javier Ambrossi (Proyección especial) - Jorge Aceña

Sin importar la exacerbada estridencia respecto a la configuración paradigmática del género musical, ni tampoco el equilibrio constante entre la correspondencia argumental y la variación de los números/actuaciones, Javier Calvo y Javier Ambrossi acuden a su idealizada llamada, ahora reconvertida en una iniciática prueba de traslación a la gran pantalla de su aplaudida obra teatral.

Como ya se desvelaba momentáneamente en la serie Paquita Salas, la funcionalidad estilística y temática de los realizadores se compone de una superflua intensidad de altos niveles, fulguración en la que la emoción no viene a emanar precisamente de forma natural, pues la sutileza, el tacto incipiente, la profundidad abotargada de un sentimentalismo creíble…se diluye en una irradiación burda y “choniesca” de determinados puntos dramáticos. La misma e insufrible ejecución atribuida a la serie, podría achacarse perfectamente a La Llamada, una ópera prima que se autoinflinge a medida que la estridencia y el ridículo desvían la esencia musical de sus números, tan simples como bochornosos. Una película denotada por la insistencia de llevar al público a la carcajada por medio de chistes y gags demasiado pillados, además de contar con personajes caricaturescos y huecos.

Si ya de por sí el argumento resulta peyorativamente estrambótico – dos amigas amantes del reggaeton aseguran ver a Dios, quien canta canciones de Whitney Houston en un campamento religioso en Segovia –, la consecución de los factores de La Llamada se reducen al esperpento, la incomodidad ante el desastre más absoluto y, por qué no, la vergüenza ajena

 

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