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[65º Festival de San Sebastián]: Quinta jornada

 

 

Por Esencia Cine | SAN SEBASTIÁN | 27/09/2017 

El día ha llegado. Ese día que reivindicamos tanto en la jornada de ayer, en la que esperábamos la gran película de Sección Oficial, se ha sentido tras el primer pase de la mañana. Pororoca, de Constantin Popescu, un puñetazo en el estómago, un disparo a quemarropa, un descenso pavoroso a raíz de un secuestro. Pero sobre todo, un reflejo enquistado e inconsciente de la sociedad rumana, fin idiosincrásico en la mentalidad cinematográfica del país. No todo iba a salir a pedir de boca, puesto que el día a terminado por torcerse debido a Morir, la nueva película de Fernando Franco, quien hace una básicamente una copia de La herida, y Borg McEnroe, una película amena sobre la rivalidad entre los dos tenistas.

Pororoca, de Constantin Popescu (Sección Oficial) - Jorge Aceña

El verdadero terror no viene dado por esquematismos temáticos tan simples como evidentes en toda película de dicho género, donde realmente radica esa sensación de pavor es en la aparente cotidianidad, perceptivamente inalterable. Posiblemente sean los dos ejemplos más terroríficos del año, pero tanto como la magistral Jusqu’à la garde como Pororoca, de Constantin Popescu, parten de una base de realidad inconfundible, palpable en nuestro día a día. Esa realidad, con toda su crudeza y miseria, permanece delante de nuestros ojos.

La película de Constantin Popescu es un puñetazo en el estómago, un disparo a quemarropa, un descenso pavoroso a raíz de un secuestro. Pero sobre todo, un reflejo enquistado e inconsciente de la sociedad rumana, fin idiosincrásico en la mentalidad cinematográfica del país. Un retrato sobre la desolación tras la pérdida y el helado vacío que supone la brusquedad de un cambio tan radical como vertiginoso.

Popescu ejemplifica la tensión con las constantes y sonadas variaciones producidas a lo largo del metraje. Porque Pororoca pasa de la insignificancia al desazón, de lo anodino a la tensión sin entreactos. La forma que tiene el cineasta de narrar la desaparición de una niña es pausada y meticulosa, aunque el verdadero logro es encontrar nuevas contingencias narrativas sin separarse de lo que venía contando. Forma y contenido se funden en una película de una ferocidad y un pulso superiores. Si hay una película que ha de alzarse con la Concha de Oro, sin duda es una obra valiente y magistral como Pororoca.  

Morir, de Fernando Franco (Sección Oficial fuera de concurso) - Jorge Aceña

Los personajes femeninos de Fernando Franco se reducen al dolor, la enfermedad, el sufrimiento, la soledad, la inestabilidad emocional…todos los puentes constituyentes a un camino marcado por la más pura abyección. Pero el personaje de Marian Álvarez en Morir, lejos de embarcarse en aquel viaje terrorífico de La Herida, es golpeado contundentemente de la forma más denigrante. La nueva película de Fernando Franco encuentra en su cinta predecesora un constante punto de apoyo, aunque en el sentido más peyorativo, una reiterativa reminiscencia sumada al vacío argumental, tan poco convencida como distante de sí misma.

En la historia de una pareja golpeada por la enfermedad, la perspectiva empática desaparece para asistir a la contemplación de la espera ante la muerte, siguiendo a una mujer que cuida de su novio sin nada a cambio más que un cúmulo de reproches, punto de vista infame a todos los niveles. Fernando Franco ha querido reflejar la insoportable espera, la idea del fin, pero su manera de filmarlo transmuta en el hecho de reprobar si el contenido que nace de esa mirada es consecuente o no. Ante cualquier caso, Morir es insoportable. Nefasta. 

Blue My Mind, de Lisa Brühlmann (Nuev@s Director@s) - Antonio Cabello 

Mitad Repulsión (Roman Polanski, 1965), mitad Crudo (Julia Ducournau, 2016). Blue My Mind es una película sobre el acto mismo de devorar, atravesada por un frenesí y una violencia que anuncian la llegada de la “destrucción” a través del cuerpo de una adolescente de 15 años -recién llegada junto a sus padres a una nueva ciudad, con lo que ello conlleva en cuanto a cambio de instituto e iniciación de nuevas relaciones- que comienza a sufrir extraños cambios. En ese preciso instante, aquellos que esperan otra The Bling Ring (2013) se darán de bruces con una protagonista que, en apenas cuestión de segundos, devora a uno de los peces de su acuario. A partir de aquí, no se preocupen, acaba de empezar la película, así que aparquen sus expectativas y buceen en los tonos marinos de su cuidada paleta cromática.  

En el periplo que recorre con paso decidido Blue My Mind se desprenden interesantes apuntes sobre la exploración de los límites, sobre la ausencia de comunicación o sobre el miedo a ser diferente; todos ellos, recogidos con cuidado por un libreto sin límites autoimpuestos -incluso, debemos suspender nuestra credulidad, debemos de tratar de no reparar excesivamente en la profundidad de algunos personajes y en los problemas de raccord que presenta-. En él, la debutante Lisa Brühlmann demuestra un manejo excelente de los géneros y de la dosificación del relato, no dando absolutamente nada masticado a un espectador que se moverá entre la fascinación y la traición hasta su impactante desenlace.   

Borg McEnroe, de Janus Metz (Perlas) - Jorge Aceña

Partiendo de la base en la que la percepción hacia este tipo de propuestas desprenden una sentimiento de innecesaridad, no tanto por la tipología temática de las mismas sino por un modelo cinematográfico concreto, el entretenimiento y la despreocupación respecto a perspectivas más analíticas es más que notorio. Así, asistimos a la proyección de la rivalidad entre dos de los más grandes tenistas de la historia, Björn Borg y John McEnroe, en un metraje marcado por la fulguración rítmica de un montaje acorde al desarrollo y lo sorpresivo de sus características.

El problema de Borg McEnroe nace de la estructuración narrativa, pero queda en la simple anécdota pese a ser el motor de conocimiento y guía de los espectadores, ya que el divertimento y la tensión generada por su ritmo ágil son suficientes.   

Medea, de Alexandra Latishev (Horizontes Latinos) - Antonio Cabello

En mi cuerpo, mando yo. En la etimología griega, Medea se erige como arquetipo de la “brujería”, constituyendo una mujer autónoma e inusual, alejada del prototipo de mujer ideal para la época. Pero a diferencia de las obras que crean Lars von Trier (Medea, 1978) y Pier Paolo Pasolini (Medea, 1969), la debutante Alexandra Latishev no parte de la tragedia escrita por Eurípides para encontrar a su Medea en nuestra época:  

María José es una chica de 25 años que vive junto a sus padres, juega por las tardes al rugby y por las noches sale de fiesta con sus amigos; es decir, María José presuntamente es “normal”, entiéndase “normal” como todo aquello que la hace encajar dentro de lo que otros esperan de ella, pero en paralelo descubriremos un incipiente embarazo que tratará de ocultar a quienes le rodean.  

Y, sin embargo, en cada una de sus acciones, María José no demuestra ningún indicio de huida o fuga, sino que decide afrontar sus problemas desde una autonomía silente y una descarnada humanidad que choca frontalmente con todo cuanto le rodea, reafirmándola a través de un complejísimo tour-de-force que nos revela a la magistral intérprete Liliana Biamonte. Sin concesión alguna para con el espectador, rehuyendo cualquier efectismo barato y componiendo un retrato cargado de matices, Alexandra Latishev consigue con Medea un debut cinematográfico notable.  

 

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