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[Crítica] El sueño de Gabrielle

 

 

Por Jesús Villaverde Sánchez  MADRID 09/06/2017

Los amantes fugaces

Piedras en el camino. Nicole Garcia no deja de situar a su protagonista femenina en mitad de desérticos espacios. Quizás la idea sea simbolizar ese deglutir rocoso y áspero en que se convierte el amor cuando lo prohíben. Tal vez solo hacer ver al espectador que, más allá del camino, la intimidad también es agreste y pedregosa. Marion Cotillard se mete en la piel de una mujer víctima de su época, las entreguerras mundial y, en forma indirecta, española, cuya familia decide casarla con un jornalero español inmigrado para corregir las desviaciones de su alma inocente y ardorosa.

El sueño de Gabrielle, que toma origen en la novela de Milena Agus Mal de pierres, se aproxima así a una época oscura en la que lo femenino permanecía irremediablemente –aún más– en la penumbra; en cuerpo, alma, vocación y/o deseo. Nicole Garcia intenta hacer del cuerpo un territorio libre, aunque en sus asociaciones, tanto explícitas (escenas de sexo) como implícitas (miradas, silencios, contención), siempre da la sensación de que alguna pieza ha quedado suelta.

La puesta en escena de la cineasta alterna el primer plano al rostro con las grandes aperturas que le permite el entorno, en el que el personaje principal se sitúa como una minúscula pieza sin apenas relevancia. No importa: el mundo se contiene más en el interior de la protagonista que en su relación con el entorno. Así las cosas, se puede definir El sueño de Gabrielle como la introspección de una mujer. Su relación con el mundo a través de dos hombres, dos universos. Lo impuesto y lo elegido. La interdicción y la libertad.

Lejos del psicoanálisis y las razones, Garcia desliza su cámara (y con ello la mirada del espectador) desde el centro del trío que forman Marion Cotillard, un descolocado Louis Garrel y Àlex Brendemühl, en la interpretación más ajustada y creíble del metraje. Una historia de amor (a veces romántico, otras amour fou) que se desdobla entre la luminosidad de la playa y la blancura honda de la nieve, invirtiendo a través de estos dos espacios las connotaciones ambientales de felicidad y prisión. Asimismo, El sueño de Gabrielle se desarrolla entre el pasado anhelado y el presente intransitable. Un juego que, en apariencia, podría haber dado mucho más jugo y que la directora derriba con el delirante pivote final. Un giro que retrotrae a la pantalla los fantasmas de la inverosimilitud; los amantes fugaces.

Nota: 2,5/10

 

Tráiler de 'El sueño de Gabrielle' en VOSE


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