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[Crítica] Guardián y verdugo

 

 

Por Jesús Villaverde Sánchez  MADRID 11/05/2017

Una fábrica de muerte

En el año 1989 Sudáfrica figuraba como líder occidental en la estadística de condenados a muerte. Un dudoso honor que retrata Oliver Schmitz en Guardián y verdugo. Según el diario mejicano Proceso, entre los años 1980 y 1988 fueron ahorcadas 1070 personas. Solo en 1987, año en el que se ambienta esta narración, murieron de esta manera 164. La mayoría de ellos, ni siquiera haría falta especificarlo, eran negros de las clases más bajas.

En la última obra de Schmitz –habitual director de telefilmes con cierto prestigio en el país sudafricano– conviven varios relatos. Fundamentalmente dos. Por un lado, la clásica película de juicio en la que se sigue el proceso y sus implicaciones. En la otra orilla, una interesante mirada introspectiva hacia la psicología del verdugo, protagonista real del film. La primera, el juicio, sigue la estructura tópica del subgénero y se vertebra en torno al abogado interpretado por Steve Coogan. El proceso es documentado a través de disertaciones explicativas, sesiones de tribunal y la consabida tensión inherente a la etiqueta genérica. Sin embargo, la segunda es la que finalmente se revela como el artefacto más interesante, al menos en lo psicológico y el tratamiento que lleva a cabo de los efectos de un sistema dictatorial y autoritario, tanto en las víctimas asesinadas como en los propios aplicadores de las penas (en este caso, jóvenes casi adolescentes forzados a coger la soga y la palanca de ahorcamiento).

Guardián y verdugo se atreve con la espinosa tarea de ponerse en la piel del ejecutor, ahora juzgado por un asesinato múltiple, de rumiar e interiorizar su sentir general y de provocar un cierto grado de empatía o lástima con el personaje principal, encarnado por un cuasi-debutante Garion Dowds. Sin embargo, la estructura dialogada de la cinta también cede a la permeabilidad del discurso opuesto. Si el espectador puede sentirse próximo a la figura del verdugo, lo mismo –o similar– ocurre con la víctima. Así las cosas, en el largometraje de Schmitz se lee cierta intención de propiciar el mismo debate que suscitó el juicio real en el que se inspira: las consecuencias de la pena capital.

Sin embargo, lejos de suscitar polémica y argumentación, más allá de la leve concesión que supone la modificación del punto de vista, Guardián y verdugo se erige como una propuesta excesivamente bien intencionada e inocua si tenemos en cuenta su temática incómoda. Una aproximación al cine judicial que desaprovecha un debate en crudo sobre los Derechos Humanos que sí recoge con frontalidad la composición de imágenes (cierta explicitud en los métodos de tortura) para narrar esa Sudáfrica de 1987. Una gran manufactura de muertos no tan lejana como parece.

Nota: 4/10

 

Tráiler de 'Guardián y verdugo' en VOSE


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