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[17º FICLPGC] Análisis de la Canarias Cinema

 

 

Por Attua Alegre Paiz  LAS PALMAS | 05/04/2017

Necesidad de avanzar

Dentro de la programación del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria (FICLPGC) tiene especial relevancia la sección canaria, que ha formado parte del mismo desde su segunda edición, adoptando distintos nombres y fórmulas. La Canarias Cinema se ha convertido en una de las citas anuales más importantes del cine canario. Conviene matizar que solo incluye el cine canario, y no el cine “en” Canarias, ya que si lo primero alude a las producciones llevadas a cabo por una empresa y/o director canario (dentro o fuera del Archipiélago), lo segundo está más bien relacionado con el cine que se rueda en las Islas, y que, como bien sabe el lector, suelen incluirse en este punto producciones locales, nacionales e internacionales (siendo estas dos últimas las que más atención reciben por parte de los medios).

Sea como fuere, el FICLPGC se ha convertido en un gran apoyo para los realizadores y cineastas canarios, e incluye en su selección una muestra amplia de la producción documental y de ficción que se realiza cada temporada. Sin embargo, la Canarias Cinema de esta diecisiete edición no será recordada como una de las mejores del festival. Puede que la crítica que a continuación expongo se vea muy influenciada por la experiencia personal de quien escribe; sin embargo, espero que se entienda más como una preocupación que como cualquier otra cosa.

Cuando el espectador de festivales canarios (si es que tal espectador existe en estos momentos) acude a algunas de las principales citas del año (MiradasDoc, FICLPGC, FicGáldar, Cortos Orotava, El Festivalito, Tenerife Shorts, Muestra de Cine de Lanzarote…) sería normal que se encontrará a lo largo de su gira festivalera con una amplia y variada muestra conjunta del cine canario realizado durante los últimos dos años. Sin embargo, el fenómeno al que estamos asistiendo es bien distinto, y se caracteriza por la repetición de programas casi exactos (en lo que a películas canarias se refiere) donde es fácil visionar en varias ocasiones el mismo cortometraje e incluso largometraje. Esto sin duda tiene un factor positivo para el recorrido de estas películas, y entiéndase que es algo normal y que entra dentro de la lógica de las selecciones de estos festivales; no obstante, este hecho parece ser hoy síntoma de otra dolencia que debería preocuparnos.

Las bases de selección de este 17º FICLPGC permiten incluir en la Canarias Cinema películas que ya han tenido un largo recorrido por festivales, o que, pese a haberse estrenado en plataformas digitales o físicas, no han sido exhibidas dentro de la programación del festival. De este modo, se asemeja incluso a una muestra de cine canario. Así pues, de los cinco largometrajes seleccionados solo dos se han estrenado en este 17º FICLPGC (Fogueo y La forma del mundo), uno fue proyectado en enero en MiradasDoc (The vanished dream), y dos gozan de un amplio recorrido más o menos afortunado (Maresía fue presentado a finales de 2015 en Madrid y desde entonces comenzó su distribución en DVD, y Julie ya se encuentra dentro del catálogo de Filmin después de un exitoso recorrido por festivales). Situación distinta es la de los doce cortometrajes seleccionados, pero entre los que se incluyen piezas que ya se han presentado en otros festivales de las Islas, como El desembarco, Icelands, Montañas ardientes que vomitan fuego, Concoct or wander o Paraíso por descubrir. También se incluyen dos de los cortometrajes que forman parte del catálogo de Canarias En Corto de este año (Náufragos y Popoff) lo cual, en este caso, ratifica la buena selección de dicho catálogo. Finalmente, Pozo Negro, Osito, Toreros, Sub Terrae y La Campaña se han estrenado en este festival.

 

 

Este hecho constata el mejor estado de salud del cortometraje frente al largo en las Islas, una realidad que no se presenta como nueva. Sin embargo, debería preocuparnos que de los cerca de treinta largometrajes canarios presentados, no existieran otras opciones aceptables para su selección, teniendo que acudir el festival al comodín que representa Julie y Maresía al tratarse de películas ya exhibidas en las Islas y ocupadas en la actualidad en su fase de estreno al público por medios físicos y digitales. No digo que el largometraje de Alba González no mereciera ser proyectado en el marco del 17º FICLPGC, sino que se tenía que haber situado dentro de una sección como Panorama España o alguna proyección especial, y de este modo haber permitido que la Canarias Cinema incluyera algún otro título quizá desconocido para el público y la crítica de las Islas.


En cualquier caso, este hecho también se repite en el resto de festivales del Archipiélago; por ejemplo, en MiradasDoc este año se seleccionó a Juana, Dead Slow Ahead, o La tempestad calmada; todas ellas seleccionadas previamente por el FICLPGC un año antes. Y mientras las selecciones repiten títulos, es de suponer que una gran cantidad de proyectos canarios no están pudiendo acceder al recorrido de festivales, y nunca sabremos, por ejemplo, cómo de buenos o malos eran, y ellos, los cineastas, nunca tendrán la crítica que les indique por donde andar para enmendar sus errores. En definitiva, quizá, esta especie de endogamia compartida entre los festivales canarios esté conduciendo al cine de las Islas a una situación de estancamiento, de falta de innovación y de nuevos nombres y miradas, y esto también se puede leer en la Canarias Cinema de este año.

 

Hablando un poco de las películas, ninguno de los cinco largometrajes presentados han contando con un nivel extraordinario. En Maresía Dani Millán recorre todo el territorio canario y lo retrata a través de los comentarios de una generación de mayores que apuntan directamente a la nostalgia, a los antiguos valores y riquezas del territorio insular ya perdidos, olvidando en muchos casos la miseria, el hambre y el dolor que vivieron durante su niñez y juventud. El documental fácilmente se acerca al espectador que siente morriña por su tierra, o siente afinidad por el discurso un tanto nacionalista que escribe Millán. Sin embargo, la estructura se basa en un sencillo pase de secuencias entre las Islas, a modo de diario, y con un estilo visual que recuerda mucho a los contenidos publicitarios de ciertas campañas turísticas.

Los otros dos largos documentales contaban con una fotografía y apartado técnico más que notable, sin embargo, en La forma del mundo, David Delgado San Ginés se excede en el tiempo de metraje, e introduce momentos de ficción de manera muy evidente y disruptiva con respecto al resto de la película. No obstante, la última película del grancanario nos acerca a la tradición de los Cantadores de Arbejales antes de que pueda desaparecer en el tiempo, y contiene momentos de revelación y una belleza visual impagable. Por su parte, Juan Sebastián Betancor firma un retrato expositivo sobre la construcción de una nueva Guinea Bissau tras su independencia, y relaciona este hecho con las verdaderas motivaciones que tenían los europeos en su cooperación con el país africano. No obstante, The vanished dream responde a la fórmula tradicional de un documental al uso, y en ese sentido su interés quizá era menor.

 

Ya en la ficción, David Sainz presentó Fogueo, su último largometraje. La película, que fue rodada en apenas tres días, arranca bien, sin embargo se vuelve un tanto larga, los chistes se repiten, y las reminiscencias de Malviviendo son constantes. Pese a todo, la película retrata a una generación de soñadores a los que Sainz invita a que se lancen al precipicio de sus sueños antes de darlos por perdidos. Una pieza simpática, y de pocas pretensiones. Finalmente, Julie, de Alba González tampoco se presenta como una propuesta perfecta. La directora grancanaria nos cuenta la historia de una chica que se esconde en una aldea para huir de su vida; sin embargo, la película nos habla del rechazo a la identidad, el engaño y la negación del yo. Falla en Julie la dirección de actores (no profesionales), la construcción de un guion más maduro y menos evidente, y algunas escenas que ofrecen una descripción un tanto sesgada con respecto a la forma de vida alternativa de la aldea en la que se rueda el film.

 


Cuando uno pregunta el porqué de esta selección en los largometrajes canarios, la respuesta que se escucha es: “no había más opciones”. Así que lo fácil es pensar que el largometraje canario se encuentra en un estado de debilidad, y realmente es así -algunos largometrajes presentados en los últimos meses están cargados de errores, fallos de guion, montaje, interpretaciones, o aspectos técnicos. Esta flojedad del largo canario no se encuentra, no obstante, en el cortometraje, donde siguen surgiendo propuestas interesantes y con un buen acabado. Sin embargo, se comienza a percibir cierta actitud de acomodo entre una generación de cineastas que, por falta de presupuesto, tiempo o ideas, no se atreven a saltar sobre los sesenta minutos.

 

En cualquier caso, como apunté más arriba, los cortos de esta Canarias Cinema sí han cumplido con lo esperado, siendo proyectadas algunas de las películas más aplaudidas en otros festivales, y nuevas propuestas que amplían el catálogo conocido de la cinematografía insular. El primer bloque de cortometrajes, proyectados la tarde del sábado 1 de abril, estuvo más cercano a la línea que el FICLPGC defiende en su Sección Oficial; sin embargo, la decisión de proyectar de forma conjunta y seguida las películas con un tempo más lento y de mayor exigencia para el espectador no fue acertada.

 


Lo más fresco lo encontramos en las propuestas de Lila Organa y David Pantaleón con Concoct or Wander y El desembarco respectivamente. Ambos títulos fueron creados en la pasada edición de El Festivalito, y eso se nota en lo ligero de la producción. En la película de Organa llama la atención lo novedoso del tema dentro de la filmografía insular; la película muestra cómo el ritmo frenético y digital de nuestra actualidad ha terminado por destruir lo humano en las relaciones interpersonales, en el amor y los sentimientos.


Tras estos dos títulos, Icelands (Miguel Ángel Mejías), La Campaña (Macu Machín), y Montañas ardientes que vomitan fuego (Samuel Delgado y Helena Girón) se adentraron en el espacio de la observación, el tiempo, y la imagen. La película de Miguel Ángel Mejías enfrenta con frialdad el sentimiento de atracción de dos desconocidos; la cinta presenta una interesante puesta en escena y exige una mirada más atenta y pausada por parte del espectador. Macu Machín, por su parte, firma un corto de no ficción que trata, a través de unas notas escritas por Ulrico Schmidl, la realidad que se encontró a su paso por el río Paraná. Sin embargo, el texto se impone al silencio y la monotonía de la imagen, y tras el esfuerzo de Icelands uno tiene problemas de analizar con suficiente criterio la cinta. Por último, del cortometraje de Samuel Delgado y Helena Girón se podría destacar nuevamente el aspecto formal y la capacidad de recrear un estado de emoción concreta ante la oscuridad de un refugio volcánico.


Tras esta suma de proyectos de una libertad interpretativa y artística plausible, Iván López cerró el primer pase adelantando la línea del día siguiente con Náufragos. El cortometraje del tinerfeño entretiene al tiempo que critica las consecuencias de la actual ley de dependencia. El guion, el ritmo del montaje, la dirección y la puesta en escena hacen de este cortometraje una de las piezas con mejor acabado del último año.

 


De esa forma llegamos al domingo, y con él se veía en la Sala 02 del Monopol el particular corto de Coré Ruiz, Osito, donde el humor se mezcla a la perfección con lo gore y el morbo. En Paraíso por descubrir, pieza dirigida por Amaury Santana y Marta Torrecilla para la última edición de Visionaria, encontramos ciertas semejanzas a Agujero (anterior trabajo de Amaury para Visionaria), y con un claro mensaje crítico a la realidad turística que puebla el suelo canario. Por su parte, Domingo de Luis regaló la bonita historia de Popoff, cortometraje que juega con la realidad y el metalenguaje a través de una sencilla y simpática historia de ficción.


En el caso de Pozo Negro, el ejercicio de no ficción que realiza Miguel G. Morales es evidente, y encontramos ciertas simpatías con sus dos trabajos anteriores Las Manos y Juana (esta última dirigida junto a Silvia Navarro). En Pozo Negro volvemos a encontrarnos con el retrato de una generación de canarios trabajadores, con la visión particular del presente que nos llega desde estos conciudadanos del pasado. Y como retrato del ciudadano canario también funciona Toreros, cortometraje de Nacho Bello en el que se aproxima al significado que el carnaval encuentra entre la población insular, jugando con la transversión de un vecino rudo de campo.


Por último, Nayra Sanz Fuentes presentó Sub Terrae, cortometraje de no ficción con una potencia visual y semántica que particularmente me dejó fascinado. Sin mediar palabra, cámara en mano (realmente en una especie de steady-cam) y haciendo uso del espacio visual, Nayra Sanz pasea por un cementerio poblado por la desolación y bandadas de unos cuervos que asemejan a buitres y observan a la cámara con paciencia y cierta familiaridad. Más allá de ese escenario espectral se encuentra una realidad más cercana al dolor, al infierno, a lo que no queremos ver… Solo le falla la estabilización digital de la imagen. Véanlo si tienen oportunidad.

 


Hecho el repaso por la Canarias Cinema de este año uno pudiera pensar que mi retrato en este artículo ha sido un tanto negativo y pesimista. Sin embargo, nadie puede negar tres realidades: 1) la salud del largometraje canario es débil; 2) muchos cineastas canarios no dan el salto del corto al largo; 3) los festivales de las Islas, cada vez más, comparten una “misma” selección de títulos canarios. Estos tres factores ponen en riesgo el futuro de la cinematografía canaria, que necesita nuevas voces, apoyar la evolución de las ya existentes, y apostar por una ventana que dé visibilidad a aquellas producciones que quedan guardadas en un pen drive sin siquiera haber sido exhibidas con anterioridad.


Por todo ello es necesaria la creación de una verdadera muestra de cine canario, que incluya todo tipo de propuestas, que sirva como termómetro para el audiovisual de las Islas, y como punto de encuentro para la pequeña industria que se ha forjado estos últimos veinte años. De este modo los festivales podrían mantener sus selecciones sin la responsabilidad profesional de lanzar o detener las carreras de ciertos actores, y las nuevas voces tendrían la oportunidad de acercarse a la industria, a la crítica y al público de las Islas. Es cierto que hacen falta ayudas públicas, mejoras en la formación, capacidad de industrializar la actividad audiovisual del Archipiélago; pero solo podremos evitar el agotamiento si mejoramos la competitividad interna y la democratización de la exhibición; por el bien de nuestros festivales, de nuestros cineastas, y de nuestro público.


En los próximos meses, o años, se estrenarán los últimos largometrajes de Víctor Moreno, Octavio Guerra, Dailo Barco, Armando Ravelo, Miguel Ángel Mejías, David Baute, Amaury Santana, entre otros. Pero este hecho puede significar un cambio de sentido hacia la evolución de nuestro cine, o el reguero de pequeños oasis en un desierto que no termina por florecer. Solo el tiempo y el esfuerzo de todos marcará el devenir de este buen momento que, aún, vive el audiovisual canario. Nos vemos, de gira, en el próximo festival.

 

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