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[Crítica] El bar

 

 

Por Jesús Villaverde Sánchez  MADRID 24/03/2017

Descenso a las profundidades

No hay duda de que se podría estudiar la idiosincrasia de una sociedad mirando hacia sus bares. A sus clientes, a las relaciones que se establecen entre ellos, a sus comportamientos tras la barra… En definitiva, el bar como muestra de análisis del conjunto. Álex de la Iglesia juega con esta idea en su nuevo film. Desde el prólogo, el bilbaíno persigue a sus protagonistas a través de un elegante plano secuencia que se liga y desliga de ellos hasta encerrarlos a todos en una de esas tascas de serrín y entresijos que todavía resisten el impulso de lo hipster (o quizás ese impulso esté en su permanencia, quién sabe) en pleno centro de Madrid.

La idea es clara, sencilla y rotunda: enclaustrar a varios personajes de índoles dispares en el establecimiento y ponerlos en situación límite. De repente, uno de ellos sale y es disparado en la cabeza. La calle se vacía y solo queda el grupo, el establecimiento y un misterio insondable. Con este suculento inicio, de la Iglesia juega a entrelazar el humor y el suspense de una forma traviesa e inteligente. El primer tramo de la obra del director es un alarde de brillantez en la puesta en escena y el manejo de las herramientas y el ritmo.

Hasta que la propuesta se desborda y entra en ese terreno tan propio del artífice de El día de la bestia (1995). También El bar vive en ese desequilibrio habitual, tan característico del cineasta, entre el planteamiento y el desarrollo. Y lo cierto es que, si no lo hiciese, igual estaríamos hablando de que la película se falla a sí misma y a las señas de identidad de una filmografía inconfundible. De todas las posibles ramificaciones, de la Iglesia opta por la más bizarra. Es acorde con su estilo. Guste más o menos, su cine hay que estudiarlo desde esa coherencia consigo mismo.

No obstante, esta elección sirve al de Euskadi para introducir varias reflexiones, de la misma forma que ocurriese en otras propuestas recientes de corte similar, como Las brujas de Zugarramurdi (2013) o Mi gran noche (2015). Álex de la Iglesia se permite así la incorporación de discursos en torno al miedo, que nos muestra tal y como somos: mezquinos y cobardes, o pequeñas píldoras sobre el clasismo en torno al mendigo interpretado por Jaime Ordóñez (¡más papeles para este intérprete, por favor!). Pero, sin duda, la asociación más interesante que deja El bar es la de las alcantarillas. Allá en lo profundo es donde nuestra verdadera identidad se esconde, donde nos revelamos como lo que verdaderamente somos. Ratas que solo buscan la supervivencia y el beneficio propio por encima de todo, como demuestra la inteligente conceptualización que lleva a cabo el realizador sobre el archiconocido dilema del prisionero. Lo único que hay que hacer para despertar los monstruos es forzar los límites de sus huéspedes.

Por otra parte, los estereotipos funcionan en la nueva comedia del autor vasco. Porque, en el fondo, lo hacen siempre. Los clichés no surgen de la inventiva; al contrario, siempre tienen base. No en vano, cualquier espectador será capaz de reconocer fácilmente en los clientes de El bar los rostros de su entorno. Tanto al ex policía de corte fascistoide como a la dueña del bar deslenguada (gran Terele Pávez), la solterona ludópata, la niña pija o el hipster pseudocool. En definitiva, máscaras que caerán cuando la realidad las haga temblar. Cuando sea necesario enlodazarse y descender a las alcantarillas.

Nota: 6/10

 

Tráiler de 'El bar'


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