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[Crítica] Yo no soy Madame Bovary

 

 

Por Jorge Aceña Rincón  MADRID 10/03/2017

Una virtud restringida

Extenuados ante la invariabilidad por contemplar en sonadas ocasiones ciertas presunciones acerca del triunfo de lo artístico por encima de cualquier elemento conjugado en una película, basta con revalorizar las muestras ligadas a la innovación formal para llegar a abotagarnos con diversos paradigmas exorbitantemente pretenciosos más que trascendentales. El colmo de esta especie de reconducción de las ligaduras de la revolución visual viene de mano de Feng Xiaogang y su última película: Yo no soy Madame Bovary.  

Bajo la exhibición de un aliciente representado por la innecesaria radicalidad de limitar el campo de visión hasta un diminuto círculo en el que se desarrolla exasperadamente gran parte de la trama, Xiaogang decide anteponer su personal divagación mental acerca del preciosismo técnico – pese al tremendo equívoco a la hora de asemejar la dualidad pictórica y cinematográfica –  al consecuente uso del formato, puesto que el principal atractivo desatado en su propuesta es únicamente la degustación de un rimbombante complementación de cuadros en movimiento.

Yo no soy Madame Bovary se presenta como un intrincado ejercicio estilístico en el que su director es capaz de exigir innumerables preceptos al receptor de la obra, petición obligada que queda desestimada al comprender que es precisamente el director quien no cumple las mínimas funciones que el propio receptor le demanda realizar. No solo eso, la película deja sellado en todo momento un impertinente regocijo en un alarde de superioridad claramente sonrojante.

Como si tratar de rizar el rizo fuese un estado con la capacidad de airear una complejidad evidente, Feng Xiaogang pierde al espectador desde el preámbulo, en una maraña de matrimonios, descendientes y acciones mezcladas entre sí y sin ninguna aptitud por encauzar inicialmente la trama. Seguidamente, el director parece querer desarrollar una sátira acerca de una mujer capaz de poner en jaque a todo el sistema burocrático, en base a un conglomerado de estafas y falsedades debido a su obcecada intención de obtener un piso en calidad de divorciada. La realidad que queda destapada una vez finalizada la película no es ya el profundo hastío hacia todo lo que el director ha pretendido contar, es la gran incomodidad de saber que tanto el ritmo como las formas y el fondo no han sido los acertados desde el primer momento.

Nota: 3/10 

 

Tráiler de 'Yo no soy Madame Bovary':


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