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[Cortometraje] Mah (Madre)

 

 

Por Attua Alegre Paiz  MADRID | 28/05/2016

Recuperando la historia de nuestro tiempo

El tiempo y el lenguaje han sido los grandes inventos de la humanidad, las dos herramientas más características de nuestro desarrollo como especie, la pluma y las lentes con las que hemos escrito y transmitido nuestra historia. Precisamente por esta razón la sociedad siempre se ha dividido entre tres clases de personas: aquellas que observan el pasado, las que se limitan a vivir el presente, y quienes intentar mirar al mañana para adelantarse a su futuro –la relación entre estas tres visiones es irrenunciable y necesaria; no podría existir el sentido de pasado sin la percepción de un presente. Cuatro años después del estreno de Ansite, el grancanario Armando Ravelo ratifica con Mah su necesidad de adentrarse en el pasado, en la historia de su archipiélago canario, y más concretamente, en recuperar (o al menos intentarlo) la memoria de los pueblos aborígenes que poblaban las siete islas atlánticas.

En esta ocasión el escenario es el mismo, Gran Canaria, y el momento nos sitúa a principios del siglo XV, en los últimos segundos del tiempo prehispánico de las islas. Allí, entre montes de pino y lava, el consejo de nobles ha decidido que se deben de sacrificar a las niñas recién nacidas de madres no primerizas para sobrevivir a las temporadas de malas cosechas. La medida evidentemente es rechazada por las mujeres que temen y sufren el asesinato de sus hijas. Tibaratma (Laura Perdomo) decide entonces aislarse para combatir y defender a su hija. A través de su historia Ravelo articula un episodio conmovedor, crítico y especialmente oscuro de su Proyecto Bentejuí – el proyecto pretende reivindicar la historia de los aborígenes canarios a través de siete capítulos entre los que se incluyen Ansite y Mah, los únicos que se han estrenado de momento.

Armando Ravelo nos conduce por el tiempo, por la historia, a través de tres momentos que podríamos situar en un pasado, un presente y un futuro, dentro de este cortometraje peplum de 26 minutos. Para ello recurre constante al medio, al espacio, como elemento común e invariable, como espectador de una realidad que ha seguido su curso hasta nuestros días; el águila que corona el primer plano de la película es la máxima representación de ese observador permanente, de ese lector de la historia, o quizá escritor de la misma.

Tras un paseo inicial por las representaciones en blanco y negro de la belleza natural de los pinares de Gran Canaria, Ravelo nos presenta la primera relación entre una madre (mah) y su hija (Tibaratma) que define el carácter protector de cualquier progenitora; este encuentro construye además la naturaleza del personaje interpretado por una convincente e irrefutable Laura Perdomo. A partir de este momento, la historia se desarrolla en un presente situado 18 años después, con imágenes en color, donde los tonos térreos adquieren un protagonismo especial sobre el verde u otros tonos relacionados con la vitalidad – de esta forma la película adquiere mayor nivel de dramatismo, se potencia la sensación de crisis que sufre el pueblo aborigen, y se relaciona la realidad con la tierra en la que se desarrolla.

Sin embargo, formalmente lo más llamativo de esta segunda parte del cortometraje no es ni la belleza estética de los planos firmados por Carlos María Domínguez (director de fotografía), ni la característica corrección de color ya mencionada, sino el recurrente, e incluso abusivo por momentos, empleo de primeros planos  que muchas veces rompen esa atmósfera que hipnotiza y adentra al espectador en Mah. No obstante, en estos primeros planos, que parecen querer romper en ocasiones la cuarta pared, puede que Ravelo quisiera conectar al espectador directamente con los protagonistas de este pasado, romper la sensación de ficción para lanzar un grito de verdad sobre su historia; aquella realidad existió, quizá no de esa manera, pero sí de alguna otra. Pese a todo, su redundante uso quizá sea la nota más negativa de un cortometraje que a nivel formal es una verdadera joya, mas teniendo en cuenta los escasos recursos con los que se ha realizado.

Por último, Ravelo vuelve a transportarnos por la historia. Diez años después de mostrarnos el desenlace de la lucha de Tibaratma, el color de la tierra sigue dominando la fotografía; sin embargo, el director grancanario emplea otros elementos en la puesta de escena que complementa y enfatiza el mensaje de ese “futuro” en el que se mueve Mah. En un espacio dominado por una vegetación frondosa y llamativa, con presencia de pinos, palmeras, y arbustos, acompañada por el canto constante de pájaros, y el sonido y la presencia de un pequeño riachuelo, Tibaratma lanza un mensaje de esperanza ante la decadencia de aquel presente que se desarrolla en la segunda parte del film. El estado de esa naturaleza que les rodea se identifica con la pureza que ella ve en los ojos de un niño, del futuro de una sociedad, y advierte que ese estado casi de utopía, de inocencia moral, debe de acompañar a la evolución de ese pueblo canario. Puede ser, en este punto, que el aviso no sea un instante de ese pasado aborigen, sino un protagonista de nuestro presente más inmediato que aún vive en esos pinares que surgieron tras la lava.  

Con Mah Armando Ravelo ratifica el éxito de su Proyecto Bentejuí que con el estreno de este segundo capítulo ha conseguido obtener el apoyo del público en todos los pases que se han producido hasta el momento. Demuestra de esta manera que el cine de ficción en canarias puede encontrar su espacio dentro de la cultura de las islas, y especialmente, dentro de las cinematografías nacionales. No obstante, sin el apoyo necesario (sea a través de administraciones públicas o privadas), la realización de piezas como ésta se vuelve muy complicada. Armando Ravelo evoluciona con Mah manteniendo las virtudes que caracterizaban a Ansite (especialmente el cuidado estético, el magnífico empleo de la música, y la construcción de los diálogos en lengua amazigh). Su notable trabajo en la construcción del guion, la responsable consulta a expertos arqueólogos, historiadores y filólogos para intentar transmitir verdad con su ficción, hablan muy bien de este realizador canario que ha sabido instalar la emoción en el corazón de sus espectadores. Sin duda, un observador del pasado, que sabe hablarle al presente y establecer deseos en el futuro: el próximo capítulo de este hermoso proyecto. 

 

TrŠiler de 'Mah (Madre)'


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