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[Entrevista] Christian Vincent, director de ‘El juez’

 

 

Por Antonio Cabello Ruiz-Burruecos   MADRID 10/04/2016

"Filmar a alguien gratuitamente no tiene sentido"

El aire primaveral y la penetrante luz preceden al blanco y azul de un encuentro que se produce entre cristales y paredes que irremediablemente recuerdan a la enseñanza; ese largo pasillo con puertas a uno y otro lado, ese patio con un sonido propio y, en definitiva, esa institución que no debería de entender de cristales o paredes. Quizá sea pura coincidencia o, sencillamente, la más necesaria de las reivindicaciones, pero hay mucho de pedagógico en El juez que dirige Christian Vincent e interpreta Fabrice Luchini, tal y como indica el cineasta: “quiero que el espectador comprenda cómo funciona un proceso judicial, quién hace qué, ya que los espectadores son como los jurados cuando van a su primer juicio: están perdidos”. La última película del realizador de La cocinera del presidente (2012) se desarrolla, a medio camino, entre la sala pública del tribunal de lo penal y las dependencias privadas de jueces, magistrados y jurados.  

  “De lo privado a lo público, y de lo público a lo privado. La idea que me atrajo, que me gustó, era filmar ambos ámbitos: la sala de audiencias y aquello que ocurre entre bambalinas. Mientras en el espacio público todo está muy organizado, ocupando un lugar determinado, respetando una jerarquía muy fuerte y siguiendo un desarrollo preparado de antemano (la inclusión de los dos periodistas que cubren el juicio y dibujan a los protagonistas, nos ayuda a comprender donde está cada uno); el espacio privado (aquello que normalmente no vemos en las películas) no reviste tanta solemnidad, ni necesita hombres con toga. Aquí la jerarquía no es tan clara, algo menos, no del todo. Y uno, va y viene, pueden moverse, participar e intervenir; es decir, no hay un guion establecido como en la sala. Porque todo lo que ocurre en la sala de audiencias es como una representación ante un público”.

El juez Michel Racine, interpretado por Fabrice Luchini (galardonado con la Copa Volpi al Mejor actor en el Festival de Venecia), será quien nos conduzca de un espacio a otro a lo largo de un proceso que trata de juzgar a un hombre acusado de homicidio. Hay un instante, apenas un intervalo que dura unos segundos, donde se ratifica esta construcción en dos espacios que verbaliza Christian Vincent: “Le pedí a Fabrice que hiciese un truco antes de entrar en la sala de audiencia, como si entrase en un teatro, como un actor que entra en escena, ya que así se subraya la diferencia con el otro espacio más privado”. De hecho, el cineasta insiste, no solo se plasma esta dualidad en la construcción del guion, también se extiende a la interpretación de los actores.  

Para el director francés era muy importante abordar un ámbito como la justicia, ya que “es uno de los pocos lugares sociales en los que todos los estratos sociales se mezclan”; “en Francia, para este tipo de procesos judiciales, necesitas seis jurados que pueden ser cualquier persona, ya que salen de las listas electorales de cada departamento y se eligen por sorteo”. Durante el metraje, pese al peso argumental que soporta el juez Michel Racine y su esbozada relación con un miembro del jurado, Ditte Lorensen-Coteret (Sidse Babett Knudsen), también se cede un gran protagonismo a todos los miembros del jurado, como representantes de una sociedad multicultural. ¿Por qué? “Porque son fundamentales. La atención del espectador no sería la misma si no se hubiese presentado y desarrollado mínimamente a estos personajes, uno a uno (incluyendo sus simpatías, sus pequeños conflictos)”. Y acto seguido, más crítico e incisivo: “no soporto las típicas películas de juicios pobladas de figurantes, nosotros teníamos aquí a los procuradores, los jurados, los jueces… En ese tipo de películas son unidimensionales, una masa informe”.  

 “Filmar a alguien de forma gratuita no tiene sentido. En mi película conocemos a los personajes e incluso podemos averiguar qué piensan cuando les enfoca la cámara. Si no conociésemos a esos personajes, dichos planos serían inútiles, no tendrían ningún sentido”.   

Cuestionado por la precisión de encuadres que requería el decorado público y cómo esta planificación casi cuadriculada se rompe en los compases finales, Christian Vincent se remite a la distancia: “Es cierto que el decorado exigía esa precisión, es tributario de él, pero al final están muy cerca el uno del otro, casi se tocan con esos primeros planos. Quizá sea una tontería pero en la sala de deliberación también están muy alejados, hay distancia entre unos y otros. No vemos al otro”. En vivo, el cineasta lo ejemplifica con un encuadre imaginario y el rostro de la traductora: “Cuando se filma dos personas que hablan, la primera pregunta que te haces como director es si verás o no al segundo personaje. En realidad, si no ves al segundo personaje nunca, como si fuese una sombra, parece que estamos ante dos cuadros e imágenes que se hablan. Pero si ves parte del personaje sí parece que se hablan, hay más proximidad, intimidad y cercanía. Ver al otro. Pero sin eso, la distancia es mayor. Hay cineastas que jamás utilizan al segundo personaje, solo filman al que habla”.

En una escena de El juez se explicita otra de las claves de la película, cómo la vestimenta nos condiciona a la hora de juzgar a las personas (“la vestimenta dice mucho de las personas”). Desde el armiño que da título al film (L'hermine en el título original) hasta el uso de los colores: “para los actores es muy importante el vestuario, en el 95% de los casos, un actor es muy sensible a cómo está vestido, incluso si son unos zapatos que no aparecen ante la cámara, ya que les ayuda a construir su personaje (como era el caso de la actriz Sidse Babett Knudsen)”. Y más concretamente, cuestionado por la vestimenta del juez Michel Racine: “Cuando trabaja se viste con la toga, eso le da presencia y autoridad, pero en la vida real no sabe vestirse, de ahí el uso de la bufanda roja y su anacronismo con respecto a la ropa más fetichista y de marca que lleva la hija de la mujer de la que se ha enamorado”.   

Uno de los momentos más notables de la obra se produce con la irrupción de Claire Denamur y su Dreamers, cuya letra nos conduce hacia una especie de irrealidad y sueño que sustituye a la precisión y la realidad del proceso judicial: “Es la percepción del espectador, precisamente porque dicha canción, solo llega cuando el juez y la jurado han compartido su primera escena. De repente, la película se va a otro sitio, irrumpe el romance en una película que no tenía nada. Ya no les veremos de la misma manera porque ha habido algo entre ellos y eso ha hecho cambiar nuestra mirada”. A continuación, Christian Vincent detalla la estructura de la película -subrayada por el uso de fundidos a negro, planificados para marcar el ritmo y el paso del tiempo en el proceso judicial-, cómo seguimos durante los primeros 35 minutos a un hombre en su profesión, incluyendo el inicio del juicio, la presentación del jurado y el esbozo de un súbito reconocimiento entre la jurado y el juez; “en solo una frase todo cambia y nosotros entendemos que entre ellos hubo algo con anterioridad y, sobre todo, que ella no contestó a su carta”. Y entonces, suena Dreamers, incluso cuando hay tantas diferencias entre ambos:  

 “Él es la distancia, quiere que se alejen de él, mientras ella es todo lo contrario. Ambos trabajan en dos profesiones opuestas. Él castiga y ella trae a la vida. Ella está siempre en contacto físico, mientras él huye de cualquier contacto, ni siquiera soporta que le miren (Risas)”.

A diferencia del amor entre el juez y la jurado, la película apenas entra en el evidente amor que aún permanece latente entre el acusado y su mujer. “Sabes qué, resulta evidente cómo la protege el hombre y no sabemos muy bien por qué, y yo creo que cuando ocurre algo así en una pareja (la muerte de un niño), nunca se sabe qué va a ocurrir. Hay un secreto entre ellos y nunca sabremos qué habrá pasado, pese a todas las suposiciones que pueda hacerse el jurado”.  

El director y guionista, también tiene palabras de elogio para Fabrice Luchini, intérprete con el que ya trabajó en su ópera prima La discreta (1990): “El papel fue escrito para él, totalmente. Apenas tardó 24 horas en responderme que quería hacerla”. Del reconocido actor de En la casa (François Ozon, 2012), Christian Vincent destaca que “jamás mete las narices en el trabajo de la dirección”; e incluso tajante, el director dice entre risas: “en el escenario no se dirige a Fabrice”.  

En El juez no solo sorprende el punto de vista escogido, el valor pedagógico de la propuesta o el escaso peso concedido al drama de los acusados, sino cómo conjuga todo esto con la historia de amor: “Sabía desde el principio que iba a hacer algo que no se había visto antes porque me interesaba tanto la sala de audiencia como aquello que ocurre detrás de ella, e incluso me prohibí ver cualquier tipo de película judicial cuando escribía el guion”. No son muchos los ejemplos de cineastas que muestran las instituciones desde el interior y exterior, salvo quizás los documentalistas Raymond Depardon y Frederick Wiseman, ambos reivindicados por un Christian Vincent del que nos despedimos, no sin antes discutir su última frase: “Hay escenas de juicios, pero siempre tengo la sensación de que se quedan en la sala”.  

Entrevista realizada en el Institut français de Madrid el 5 de abril de 2016

 

Tráiler de 'El juez':


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